Argentina ´78: crimen, fraude y victoria

Por Diego G. Alonso (@Diego_G_Alonso).

Tras disputar la final del Mundial de 1930, Argentina tendría que esperar muchos años hasta poder tener una nueva oportunidad de convertirse en campeona. Su momento iba a llegar en 1978 y no en un contexto político especialmente calmado. El 24 de marzo de 1976 se había producido un nuevo golpe militar (el cuarto en el siglo XX) encabezado por el militar Jorge Rafael Videla que iba a dar comienzo a un Proceso de Reorganización Nacional. Durante el mismo, en los años siguientes, se desarrollaría un proceso sistemático de secuestro y tortura de personas. Ante las críticas recibidas a nivel mundial y la mala prensa que estaba generando esta conflictiva situación, Videla se planteó realizar un lavado de imagen pretendiendo demostrar que en su país existía libertad. Para ello se valió del arma más unificadora que existía: el fútbol. Esta estrategia seguía el modus operandi de los gobiernos fascistas: en 1934, Mussolini se llevaba el Mundial a Italia y en 1936, el Berlín del Tercer Reich había sido la sede de las Olimpiadas de verano. Así pues, el Mundial de 1978 se celebraría en Argentina a pesar de las protestas contra la propuesta de que un país que violara los derechos humanos albergara un Mundial de Fútbol.

El 1 de junio de 1978 era la fecha prefijada para que el Mundial comenzase y, sin embargo, un nuevo conflicto político estuvo a punto de hacer desaparecer las ilusiones de los argentinos por el acontecimiento futbolístico que estaba a punto de tener lugar. Argentina y Chile se encontraban en crisis por los límites en la zona del Canal Beagle y este hecho ocasionó que ambos países se encontraran al borde de una guerra. Finalmente las aguas se calmaron. La tensión política dio paso a la emoción de los argentinos por ver pelear a su selección por la Copa del Mundo. La selección argentina, dirigida por César Luis Menotti (figura controvertida por su militancia en el Partido Comunista y su trato con mano dura a los jugadores, a los que suspendió pasaportes y en cuyas cuentas bancarias intervino para evitar la deserción), estaba liderada por Mario Kempes y su juego se basaba en lo que posteriormente se llamo como “estilo argentino”: jugar limpio, sin violencia, con espíritu de equipo en un colectivo equitativo, etcétera. Además de Argentina, otras selecciones llegaban al torneo como favoritas, como es el caso de Países Bajos (a pesar de la ausencia de su estrella Johan Cruyff que, 30 años después, vincularía su renuncia al Mundial con un atraco a punta de pistola que había sufrido en Barcelona y no con una medida de protesta contra la dictadura argentina como muchos habían querido ver), la Italia de Paolo Rossi y Dino Zoff o la Alemania de Rummenigge.

El debut de la selección argentina no se hizo esperar al encontrarse esta encuadrada en el primer grupo junto con Italia, Francia y Hungría. Sería ésta última, la selección rival del combinado albiceleste en ese primer partido que iba a finalizar con un 2-1 para los de Menotti. El segundo partido de la 1ª fase de grupos para Argentina les enfrentaría a la Francia de Platini. El encuentro se iba a decantar en el minuto 73 cuando un gol de Luque ponía el 2-1 en el marcador y daba la clasificación a Argentina para la 2ª fase de grupos. El último partido les enfrentaría a una Italia que se acabaría imponiendo 1-0 relegándoles, de esta forma, a la segunda posición del grupo.

 El estadio Dr. Lisandro de la Torre de Rosario acogería los tres partidos siguientes para Argentina. El primero de ellos, contra Polonia, acababa con un plácido 2-0 para los anfitriones. Sin embargo, las cosas se iban a torcer ligeramente contra Brasil en un encuentro que finalizaba 0-0 y dejaba todo en el aire de cara a la última jornada en la que hasta tres selecciones tenían posibilidades de clasificarse para la final (Argentina, Brasil y Polonia). La verde-amarela cumplía, por su parte, ganando a Polonia y colocándose al frente de la clasificación con 5 puntos y +5 de diferencia de goles. Argentina debía, por lo tanto, anotar 4 goles más que su rival, ya que su diferencia de goles era de +2. El partido, que les enfrentaba a Perú, acabó con un 6-0 para los locales en uno de los partidos más cuestionados en la historia de los Mundiales (declaraciones recientes de algunos jugadores peruanos como es el caso del guardameta Ramón Quiroga afirmando que algunos de sus compañeros jugaron de manera “extraña” refrendan las sospechas). El estadio Monumental de Buenos Aires iba a ser testigo de la primera gran conquista albiceleste en la final que enfrentaba a los anfitriones contra Países Bajos. El partido llegaría al final de los 90 minutos con un 1-1 que se iba a convertir finalmente en un 3-1 en el tiempo suplementario gracias al gol de Kempes y posteriormente Bertoni, que pondría la puntilla e iba a permitir a la selección argentina levantar la copa por primera vez.

Videla había conseguido su propósito. El dictador vio como la multitud enfervorizada congregada en el estadio de River Plate le aclamaba mientras le entregaba la copa al equipo argentino. El entusiasmo de la sociedad por la gesta conseguida había sido utilizado por Videla para demostrar que el pueblo apoyaba la dictadura. Pero la situación real y delicada de una Argentina en la que estaban muriendo miles de civiles no se le escapaba a nadie…y tampoco a la selección neerlandesa. Ésta protagonizó una de las anécdotas más recordadas de la historia del fútbol cuando, a la hora de recibir los trofeos, los jugadores de Países Bajos se fueron a los vestuarios para no dar la mano a los jefes de la dictadura argentina durante la entrega de las medallas de plata que les correspondían por el subcampeonato que acababan de conseguir. Además, antes de la Final se reunieron con las Madres de la Plaza de Mayo para reclamar el regreso, o al menos noticias, de todos aquellos seres queridos que habían sido raptados en la siniestra noche de los “desaparecidos”. Ante los corresponsales extranjeros que se animaban a preguntar lo que los periodistas argentinos no, Videla respondía de manera cínica: “No me pregunten por los desaparecidos, porque no existen; no están ni vivos ni muertos, están desaparecidos, entonces no me pregunten por algo que no existe”. El panorama de desolación en el que se estaba desarrollando un evento que pretendía alcanzar el entretenimiento de la gente no era comprensible para muchos futbolistas, como es el caso del jugador neerlandés Resenbrink. Éste, que se encontraba afectado tras haber vivido en primera persona la tristeza en la que se sumía el país, no dudó en preguntarle a un periodista argentino: “¿Dónde están los campos de concentración de presos políticos?”. El periodista no respondió.

De esta forma concluye la historia de un Mundial peculiar en el que, mientras en el estadio de River Plate cerca de 80 000 personas festejaban el título que llevaban tantos años esperando, a 200 metros se torturaba y mataba en la famosa Escuela de Mecánica de la Armada (hoy convertida en museo) y se estaba dejando huella en una sociedad que veía como más de 30 000 personas desaparecían en extrañas circunstancias. El genocidio vivido en Argentina entre 1976  y 1983 fue tratado de disimular o atenuar utilizando, por ejemplo, el Mundial de Fútbol de 1978; sin embargo, la dimensión de las atrocidades y engaños cometidos durante ese periodo y la repercusión del fútbol en el mundo han causado el efecto contrario, pues cada día se desempolvan más datos que el paso del tiempo no ha podido enterrar.

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