El impetuoso “Mozart del fútbol”

 Por Diego G. Alonso (@Diego_G_Alonso)

El 10 de febrero de 1903 nacía Matthias Sindelar en el seno de una humilde familia judía de origen checo que se había tenido que trasladar a Viena en busca de un trabajo mejor para el padre de Matthias, un pobre fundidor y herrero. El pequeño Matthias pasó su infancia en el barrio de Favoriten (Viena) y ya cuando aprendía a dar sus primeros pasos un balón rodaba entre sus pies. Poco a poco el niño fue creciendo y con él sus habilidades con el balón que cada vez tenían más repercusión no solo en su barrio sino en toda Viena. Tal era la calidad del que todos conocían por “hombre de papel” (por su habilidad y destreza para fintar y regatear a los rivales) que pronto fue fichado para jugar en las categorías inferiores del Hertha Viena. Su rápida progresión no iba a disminuir pues en pocos meses ya se encontraba jugando con tan solo 14 años en el Austria Viena.

El aún adolescente Sindelar despuntó en el equipo vienés donde a medida que pasaban los años se convertía en un gran jugador e indispensable en el Austria Viena. Los éxitos no tardarían en llegar para un jugador que en sus primeras temporadas ya había ganado tres Copas de Austria con su equipo, que le consideraba pieza clave. La fama y sus buenas actuaciones habían traído consigo un nuevo premio: la selección austriaca. Sindelar debutaba con el combinado austriaco a la corta edad de 16 años marcando el gol que le iba a dar la victoria por 2-1 frente a la antigua Checoslovaquia y ya convertido en un auténtico ídolo de masas en su país. Su instinto goleador y su gran calidad le convertían en el mejor jugador del momento. Pero no sería el único talento en una selección austriaca que se estaba convirtiendo en una de las más temidas del mundo. Zischek, Gschweild, Vogl y Schall acompañaban a Sindelar en el famoso Wunderteam (equipo maravilla) que en la década de los 30 efectuaría un record de solo 4 derrotas en 50 encuentros. Todo iba sobre ruedas para los integrantes de la histórica selección austriaca que veían como su mayor oportunidad para marcar una época se acercaba con el Mundial de 1934 (la que sería su primera participación en un Mundial de Fútbol). No contaban, sin embargo, con la intromisión de la figura de Benito Mussolini.

 El evento deportivo, que se iba a desarrollar en Italia, suponía la mejor propaganda posible para la dictadura de Mussolini. Debido a este hecho, las presiones para que la anfitriona ganara el Mundial fueron constantes, sobre todo a los árbitros. Algo que quedaría patente en la semifinal que enfrentaba a Italia contra Austria. Curiosamente tres meses antes se habían enfrentado ambas selecciones en Turín con un resultado final de 4-2 para el Wunderteam, algo que no había dejado precisamente satisfecho al Duce. El encuentro, por lo tanto, iba a estar marcado por un escandaloso arbitraje y la selección austriaca acabaría perdiendo por 1-0 contra la scuadra azzurra, quedando así apeada de la final del Mundial. Sin mayores sorpresas, Italia terminaría convirtiéndose en la “indudable” campeona y Austria finalizaría cuarta tras perder el partido por el tercer puesto contra la Alemania de Hitler.

Tras el Mundial, Matthias Sindelar y los suyos se centraron en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, donde el combinado dirigido por Hugo Meisl volvería a sufrir un hecho controvertido en el encuentro de cuartos de final que les enfrentaba a Perú. El partido se iba a la prórroga tras el marcador de 2-2 al final de los 90 minutos. Durante el tiempo extra Perú marcó 5 goles de los cuales 3 fueron anulados por el árbitro, de modo que la selección peruana terminaba venciendo por 4-2. Sin embargo, Los austriacos exigieron una revancha con el argumento de que los aficionados peruanos habían irrumpido en el campo y porque el campo no cumplía con los requisitos para un partido de fútbol. Tanto el Comité Olímpico como la FIFA acabaron favoreciendo a los austriacos por lo que se decidió jugar un nuevo partido a puerta cerrada que finalmente no se llevaría a cabo por las protestas de la delegación peruana que, al considerar la medida como insultante y discriminatoria, abandonó tierras alemanas. Así pues, Austria obtenía el pase por defecto y continuaría su andadura en unos Juegos Olímpicos que tampoco le darían la gloria esperada. Austria llegaba a la final con claras opciones de ganar pero una vez más iba a ser Italia su verdugo. A pesar de la derrota, la selección austriaca se reafirmaba como una de las selecciones más fuertes y, con la plata cosechada, daban un paso más para conseguir dejar una huella imborrable en la historia del fútbol.

Al margen del balompié, en la década de los 30 la situación política mundial era crítica. En 1938, la pujante Alemania nazi de Adolf Hitler había comenzado su expansión geográfica. El Anschluss (anexión) sobre el territorio nacional del país alpino se consuma con el consentimiento refrendado de prácticamente toda  la población austriaca. Son los primeros pasos del nazismo en Europa. Cualquier vestigio de oposición a la anexión es aniquilado. Así, en los días posteriores al fatídico día 12 de marzo, miles de personas de origen judío o con convicciones políticas contrarias al nazismo, eran detenidas y encarceladas. Austria dejaba de ser Austria, y pasaba a convertirse en la Marca Oriental.

Hitler, sabedor de la importancia propagandística del deporte y con la vista puesta en el Mundial de 1938, reclutó a la fuerza a los mejores jugadores de la selección austriaca. Todos los austriacos pasaron a formar parte del equipo nacional alemán, a excepción de uno: Matthias Sindelar. La perla del fútbol austriaco nunca quiso entrar en el siniestro juego de defender los colores de un régimen al que odiaba profundamente por haber asesinado a tantos conocidos suyos, judíos como él. Primero fingió una lesión de rodilla; luego, le solicitó al seleccionador Josef Herberger (un hombre centrado en su trabajo y alejado de la política) que le dejara fuera de las convocatorias, pero eso nunca convenció a las autoridades germanas que comenzaban a sospechar de la antipatía del austriaco. Sindelar evadió, como buenamente pudo, cualquier intento del combinado alemán de contar con sus servicios e intentó todo para evitar traicionar sus convicciones y rendirse a las macabras imposiciones del nazismo.

El 3 de abril, sólo dos semanas después del Anschluss político, tuvo lugar, el Anschluss futbolístico. Alemania se enfrentaba a Austria en el Prater vienés, en el que sería el último partido del conjunto austriaco como selección independiente, antes de su unión definitiva a la Alemania nacionalsocialista. Con el Führer y todas las autoridades del Reich en el palco, la selección local había recibido, supuestamente, la consigna de no marcar a la selección alemana pues el único objetivo del partido era demostrar la superioridad germana. Matthias Sindelar, que no estaba dispuesto a aceptar las imposiciones germanas, comenzaba ya desafiando a las autoridades nazis al no efectuar el saludo nazi antes del comienzo del encuentro como era tradición por aquellos años. El partido se desarrollaría durante la primera parte con el dominio austriaco esperado y, cómo no, con un estelar Sindelar que regateó en múltiples ocasiones a los defensas alemanes, pero, cada vez que se situaba ante el portero echaba el balón fuera y volvía a su campo con cara de resignación y negando con su cabeza. Sin embargo, en un momento concreto del partido, el austriaco iba a estallar. Corría el minuto 70 cuando Sindelar recogía un rechace del portero rival y, con una excelente vaselina introducía el balón en la portería. Esta falta de acuerdo no iba a ser suficiente para el futbolista austriaco que iba a demostrar su desparpajo celebrando el gol frente al palco alemán con un baile atrevido que algunos entendieron como una burla o humillación al Führer pero que era algo más. Ese baile demostraba la alegría que siente un jugador al meter un gol, la muestra de un sentimiento de libertad que en esos momentos se pretendía coartar.

Matthias Sindelar se había convertido desde ese partido en un héroe para los austriacos pero también en un elemento subversivo dentro del orden nazi por lo que se vio obligado a esconderse y a no permanecer por mucho tiempo en el mismo lugar. La Gestapo le buscaba y le amenazaba destrozando un bar de su propiedad días después del partido, pero lo cierto era que el virtuoso futbolista austriaco no aparecía y fue declarado desaparecido durante meses hasta que finalmente dieron con su paradero. El 23 de enero de 1939, a la edad de 36 años, Matthias Sindelar fue encontrado muerto en su casa, en su dormitorio con su mujer, también judía, Camilla Castagnola. Los informes policiales aseguraron que su muerte se debió a un escape de gas que podría haber sido provocado por él mismo en un acto de suicidio, aunque no se ha descartado que los nazis fuesen los responsables de su terrible final.

Más de 40 000 aficionados acudieron a su funeral, que fue efectuado gracias a la delicadeza de un oficial nazi que permitió que Sindelar tuviera un funeral de Estado al señalar en la partida de defunción que se había tratado de un accidente (en el caso de haber señalado que se había tratado de un asesinato o un suicidio no hubiera podido gozar de esos honores). Además se recibieron más de 15 000 telegramas que daban sus condolencias y se lamentaban de la muerte del futbolista. La maquinaria bélica, política y social del Reich, fue incapaz de imponerse a la fuerza de una valentía y unos principios que serían recordados por el pueblo austriaco y por el mundo del fútbol a lo largo de la historia. 450 goles repartidos entre el Hertha Viena y el Austria Viena, además de 27 en 44 partidos con la selección, le sirvieron para ser considerado como el mejor jugador austriaco de todos los tiempos y uno de los pocos, sino el único, que se atrevió a regodearse ante el mismísimo Adolf Hitler.

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