El campeón de Italia que acabó en Auschwitz

Por David Fernández (@DavidFer_).

Europa estaba en estado de shock en 1918. La Primera Guerra Mundial había finalizado y el Imperio Austrohúngaro, una de las potencias centrales derrotadas, se dividía. La variedad étnica fue la referencia para diseñar el nuevo mapa político, y surgieron un total de 7 nuevos Estados: Austria Alemana, Hungría, Checoslovaquia, Polonia, Rumanía, Ucrania Occidental y Estado de Eslovenos, Croatas y Serbios. Durante el lustro posterior al fin del conflicto, los nuevos Estados reconfiguraron su vida social conservando en su mayoría la pluralidad racial. Hungría iba recuperando su actividad con el paso del día a día. Fue en estos años cuando el fútbol se convirtió en el deporte por excelencia de la población judía. En Budapest, capital y corazón del país, los hebreos habían creado tres clubes de fútbol que vivían en estos años su momento de auge. Dos son equipos históricos y grandes entidades en la actualidad: el MTK Budapest (nacido en 1888 y asociado a la Policía Secreta Húngara durante la Guerra Fría) y el Ferencváros (fundado en 1899). El tercero era el más pequeño: el Törekvés.

A comienzos de la década de 1920, el Törekvés competía en la élite del fútbol magiar. Sus dos referentes eran Férénc Hirzer, delantero de área goleador, y Árpád Weisz, extremo izquierdo rápido y de gran disparo. Dentro y fuera del campo forjaron una buena amistad. Decidieron de forma conjunta salir de su país camino del equipo judío por excelencia de Checoslovaquia, el Makkabi Brno. La decisión se basaba en el deseo de mejorar como futbolistas pero también en la llegada al cargo de Regente de Hungría del almirante Miklós Horthy, nacionalista antisemita que definía su régimen como un “sistema autocrático conservador con algunos elementos esenciales del fascismo”.

Las grandes actuaciones de Hirzer y Weisz propiciaron no solo su debut sino el asentamiento total en las convocatorias de la selección nacional húngara. Su consolidación fue tan rápida que ambos fueron convocados para los Juegos Olímpicos de París de 1924, el máximo torneo internacional a nivel de selecciones en la época. Aquella Hungría estaba liderada por Béla Guttmann, un centrocampista que había huido al Hakoah de Viena, el equipo judío de referencia en Austria. Era una plantilla con nivel suficiente como para conseguir el oro. Hungría empezó el torneo demostrando su favoritismo: goleada 5-0 a Polonia, con doblete de Hirzer.

Sin embargo, un suceso ajeno al fútbol cambió el devenir del equipo. Horthy ordenó incluir en el staff de la selección a multitud de hombres de su confianza, a militares y a varias personas ajenas al fútbol pero afines al régimen. Estos “representantes gubernamentales” superaban en número a los propios futbolistas, quienes descubrieron al llegar a París que el hotel asignado por la federación era demasiado bullicioso como para descansar y preparar la cita olímpica. Indignados por ambas cuestiones, solicitaron a Guttmann que ejerciese de capitán del equipo. Protestó a los oficiales por su simple presencia y por las condiciones del hotel. Fue ignorado.

La concentración se convirtió en un auténtico motín. Una noche, Guttmann colocó unas ratas muertas en las puertas de las habitaciones de los oficiales para expresar de nuevo la disconformidad de los futbolistas con su presencia y para que estos se diesen cuenta de que el hotel siquiera reunía unas condiciones mínimas de salubridad e higiene, pero no hubo reacción. Frustrados, los jugadores decidieron demostrar su indignación en la siguiente fase del torneo: los Octavos de Final. Los faraones de Egipto, únicos representantes de África, eran claramente inferiores a Hungría. Nadie esperaba un resultado que no fuese favorable a los Weisz, Hirzer, József Eisenhoffer y compañía. No obstante, Hungría cedió durante el partido y Egipto ganó con suficiencia por 3-0. La eliminación sirvió de venganza contra un régimen al que no le sobraba una victoria deportiva para promocionarse orgulloso por Europa.

Tras los Juegos Olímpicos, Guttmann se fue a Estados Unidos por miedo a posibles venganzas del Estado. Weisz volvió a Hungría, pero pronto la abandonaría camino de Italia. El Padova, equipo mediano de la Prima Divisione italiana (la actual Serie A), se interesó por sus servicios. Su traslado al Véneto fue su primer paso hacia la gloria. Apenas jugó 6 partidos y marcó 1 gol con el equipo biancoscudati, pero sus acciones por la banda izquierda tanto en Padua como con la selección hicieron que equipos grandes del calcio se interesaran mucho por él. Uno de ellos fue el Internazionale, fundado por miembros de la directiva del AC Milan disconformes con la decisión de formar íntegramente la plantilla con jugadores italianos. El Inter era y es un club con tendencia a fichar a futbolistas no italianos. Por aquellos tiempos, debido al régimen de Benito Mussolini, el club era llamado Ambrosiana. Weisz no lo dudó: era un paso de gigante. Tras 11 partidos y 3 goles como interista, se lesionó gravemente la rodilla y a mediados de 1926, con 30 años, tuvo que poner punto y final a su carrera como futbolista.

Weisz era un enamorado del fútbol. No podía mantenerse ajeno a él por culpa de su lesión. Pronto se convirtió en entrenador, y el mismo Ambrosiana (Inter) se interesó por sus servicios. En invierno de 1926 se convirtió en técnico del equipo en el que se retiró. Tras pocos meses en el cargo, Weisz se fijó en que entre sus jugadores más jóvenes había un diamante sin pulir. Un delantero de 17 años que todavía peleaba consigo mismo para olvidar, a base de trabajo, que 4 años antes, el equipo de sus amores, el AC Milan, lo había rechazado cuando intentó unirse a su equipo juvenil por “estar demasiado flaco”. A Weisz le gustaba lo que le veía en los entrenamientos y creyó que podía hacer de él un futbolista muy importante para su equipo y para la selección italiana. Se trataba de Giuseppe Meazza, un prodigio del fútbol italiano. Weisz le enseñó muchas de las cosas que lo hicieron grande y le ayudó a progresar. Weisz fue muy exigente con él para corregir de joven su mayor debilidad: el manejo de las dos piernas. Le pidió que se colocase durante varias horas al día delante de una pared, golpease el balón y controlase el rebote con una pierna cada vez. Tras sus primeros partidos oficiales en septiembre de 1927, la prensa deportiva italiana lo calificaba de “inteligente, fresco y rápido”. Eran los primeros pasos de un jugador que ganaría después 2 Mundiales con Italia (1934 y 1938), pasaría 13 años en el Inter, jugaría 401 partidos oficiales y marcaría 274 goles (sumando Inter y selección).

Árpád Weisz entrenó al Bari en la temporada 1931-32, una temporada “paréntesis” en su etapa como técnico de la Ambrosiana, con quien ganaría la liga 1929-30, la primera organizada con el modelo actual. En Milán se casó y tuvo dos hijos a quienes crio según los preceptos del catolicismo por miedo a que algún día “un Horthy italiano” les causase problemas. En 1934 puso rumbo al Novara, donde solo permanecería una temporada. Fue en verano de 1935 cuando el Bologna se interesó por sus servicios. El equipo rossoblu quería que liderase su proyecto de equipo grande y ambicioso durante una duración mayor a un año con el objetivo de ganar estabilidad. Weisz y su familia se asentaron en el oeste de la capital de la Emilia-Romaña, cerca del recién levantado Stadio Littoriale. El Littoriale era una gigantesca obra arquitectónica con la que el Gerente de Bolonia, Leandro Arpinati, quiso homenajear a Mussolini. Arpinati instó al Bologna a que dejase el pequeño Stadio Sterlino tras la inauguración oficial de 1927. El presidente del club, Renato Dall’Ara, dio el visto bueno. Weisz comenzaba a liderar en 1935 un proyecto que pretendía consolidarse en la grandeza. Dall’Ara se comprometió con Weisz y le prometió que completaría una plantilla que de por sí era buena a futbolistas talentosos que sobresaliesen en Sudamérica. Se valió de un contacto en Montevideo (Uruguay), Ivo Fiorentini, quien le promocionó a grandes estrellas italouruguayas del calcio de los años 30 como Francisco Fedullo, Raffaele Sansone o el que sería la estrella de la Italia campeona del mundo en 1938 –tras vencer a Hungría–, Miguel “Michele” Andreolo.

Árpád Weisz ganó la liga en las dos primeras temporadas que dirigió al Bologna. Consiguió que en la Europa de entreguerras se hablase del fútbol que practicaba su equipo. La hazaña no quedó ahí, porque el equipo jugó y ganó en 1937 el Torneo Internacional de la Expo de París, lo más parecido a la actual Champions League en aquellos tiempos. La Final fue un partido del que todo rossoblu presume: 4-1 contra el Chelsea inglés. Weisz había llegado a la cima.

En 1938 el Bologna experimentó un pequeño bajón y fue quinto en liga. La situación no era preocupante, pues la diferencia con los rivales era pequeña. En ese año, la vida de Weisz cambiaría de forma inesperada, como lo hizo la Historia. Benito Mussolini promulgó una ley antisemita que obligaba al abandono del país a todo aquel judío que se hubiese asentado en Italia después de 1933. Weisz y su familia estaban a salvo, pero el gobierno fascista recrudeció la ley muy poco tiempo después retirando el estatus de ciudadano a todo judío instalado en Italia después de 1919. La variación se hizo oficial en octubre. Al final de ese mes, tras una victoria en un partido de liga ante la Lazio, el Bologna destituyó de forma inmediata a un Weisz que tuvo que huir junto a su familia.

No tenían destino. Las políticas raciales de los gobiernos húngaro e italiano le impedían a Weisz continuar con su vida en los países en los que hasta entonces la venía desarrollando. Descartó Checoslovaquia tras la anexión de parte de su territorio a Alemania, y París fue el lugar elegido para vivir. Era la tercera vez que se encontraba en la capital francesa, aunque en esta ocasión no era por eventos futbolísticos que le recordasen al mundo que él era parte de la élite. A los pocos meses, representantes neerlandeses de la directiva del DFC, el equipo de la ciudad portuaria de Dordrecht, descubrieron que estaba allí y viajaron para hacerle una propuesta de trabajo. Le explicaron que el equipo era de la parte baja de la tabla, pero que al menos se mantenía en la primera categoría de los Países Bajos. El amor por el fútbol le llevó a aceptar, y se llevó consigo a su familia. Todo parecía ir bien en los Países Bajos. El equipo pasó en apenas temporada y media de ser colista a tener un nivel medio y pelearle partidos al gigante Feyenoord. La vida en el país era normal y tranquila. El compartir frontera con la Alemania del Tercer Reich no parecía conllevar muchos peligros, más teniendo en cuenta que el régimen hitleriano comenzó la Segunda Guerra Mundial atacando a Polonia, es decir, por el frente oriental.

La Historia volvió a cambiar de forma igualmente negativa. Las tropas de Hitler invadieron los Países Bajos en 1940 y aplicaron sus políticas antisemitas. Weisz dejó el cargo tras la invasión, pero no logró escabullirse de las SS. El 7 de agosto de 1942 fue detenido junto a su esposa y sus dos hijos. Fueron enviados de forma provisional al campo de trabajos forzados de Westerbork, donde convivieron por unos días con una niña llamada Anne Frank que pasaría a la historia por su Diario. Árpád Weisz fue considerado en octubre apto para el trabajo, pero su esposa e hijos no. Fueron trasladados de forma forzosa a Auschwitz, donde murieron pocos días después. Weisz fue trasladado también al campo de exterminio polaco, donde sobrevivió 16 meses más hasta que no pudo soportar las condiciones del trabajo forzado y pereció el 31 de enero de 1944. Uno de los mejores entrenadores de la historia del fútbol italiano caía víctima del holocausto.

Sus amigos, excompañeros y muchos de los jugadores que estuvieron a su cargo corrieron mucha mejor suerte. Férénc Hirzer, que llegó a jugar y golear con la Juventus de los años 20 y que desarrolló su carrera como entrenador durante la década de 1930, logró permanecer en territorio estatal y escabullirse en la Italia fascista de la Segunda Guerra Mundial. Béla Guttmann se convirtió en uno de los entrenadores más importantes de la historia del fútbol por la exportación y el desarrollo de la pionera disposición del 4-2-4 (“patentada” por Márton Bukovi en el MTK y base del “cuadrado mágico” de la posterior Brasil de Pelé y Garrincha) y por sus dos Copas de Europa como técnico del Benfica. Meazza, Fedullo, Sansone y Andreolo fueron jugadores reconocidos a nivel mundial, y Renato Dall’Ara es considerado a día de hoy el mejor presidente de la historia del Bologna, cuyo estadio (el histórico Littoriale) lleva en la actualidad su nombre. El hombre cambió la Historia y propició el episodio más violento de la misma. Weisz lo pagó con su vida.

Otras fuentes: programa sobre Árpád Weisz de Federico Buffa raconta… de Sky Italia.

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