El equipo de Chollima

Por David Fernández (@DavidFer_).

Poco tiempo después del final de la Segunda Guerra Mundial las sonrisas y los apretones de mano de Stalin, Churchill y Roosevelt pasaron a ser irónicos recuerdos de un pasado muy reciente. El otrora premier británico fue el encargado de proclamar al mundo el inicio de la llamada Guerra Fría con el empleo del concepto “Iron Curtain” (Telón de Acero); un periodo de conflictos localizados en diferentes Estados del mundo (muchos de ellos de reciente creación a causa de la Descolonización) que tenían un guion similar: se producía una división popular entre los partidarios del modelo capitalista, que recibían el apoyo del bloque liderado por Estados Unidos, y los creyentes en el modelo socialista, que eran ayudados por la Unión Soviética y sus Estados afines. La división popular se convertía en un altercado político, y por extensión, en una lucha por el poder imponer el modelo deseado frente al rival, que desencadenaba una guerra y una división territorial. Así pasó en Corea, un Estado unificado hasta la invasión japonesa en la Segunda Guerra Mundial. Tras el fin del conflicto, la liberación dio paso a un Estado unificado que ocupaba la península en su integridad, pero en 1950 los ciudadanos de la franja norte, liderados por Kim Il-Sung, pretendieron que el comunismo fuese la forma política del gobierno del país. El sur se negó, e intervinieron las potencias internacionales. La conocida como Guerra de Corea engloba una serie de invasiones norte-sur/sur-norte que, acompañada de bombardeos y demás atentados y ataques, conmovió al mundo hasta 1953. La República Democrática Popular de Corea y la República de Corea acabaron entonces sus ataques, y aunque no hubo un “fin oficial” de la guerra, la tensión se rebajó y ambos Estados se consideraron a sí mismos independientes y soberanos desde ese año, separados por la barrera del paralelo 38º y sin reconocerse mutuamente.

Once años después, en 1964, los problemas diplomáticos y militares de la comunidad internacional se habían desplazado a Cuba y a Vietnam. Ajeno a todos ellos, el fútbol iba generando una rica historia no solo a nivel europeo sino también a nivel mundial, con la consecución de los diferentes Mundiales de la FIFA. Quedaban dos años para la octava cita mundialista: Inglaterra 1966. La máxima institución del fútbol mundial decidió redefinir el formato de clasificación para el torneo. Atendiendo al mapa político, se agruparon a todas las selecciones de los Estados africanos independientes junto a los combinados nacionales de Asia y Oceanía para que jugasen una fase previa compleja en cuanto a su formato y de ella saliese tan solo un único equipo clasificado para el Mundial. Este modelo no tardó en suscitar una polémica pocas veces antes vista. La Confederación Africana (CAF) se sintió discriminada por no tener una fase clasificatoria propia que garantizase la presencia de una de sus selecciones, y todos los equipos nacionales del continente (a excepción de una Sudáfrica que estaba excluida de partida por el apartheid) se retiraron a modo de boicot al Mundial. Ante esta situación, FIFA organizó un grupo único a una sola vuelta entre el único equipo que Oceanía presentaba formalmente, Australia, y las dos selecciones asiáticas oficialmente configuradas: la República de Corea y la R. D. P. de Corea. Los 3 partidos se iban a disputar en suelo neutral, en Japón, pero a última hora la sede pasó a ser Nom Pen, la capital de Camboya. El cambio fue interpretado en Seúl como un intento de trato de favor a la selección teóricamente menor, sus vecinos no reconocidos del sur, e indignados, renunciaron a jugar sus partidos. FIFA retocó el proceso clasificatorio y lo dejó en un doble enfrentamiento en la Camboya del rey Norodom Sihanouk.

La R. D. P. de Corea entrenó para el play-off durante 10 meses, incluyendo giras de partidos de preparación por la Unión Soviética (donde en un partido de preparación ganaron por 2-0 al Spartak de Moscú) y los Estados afines de la Europa del Este. Para Australia, el play-off de Camboya era la primera oportunidad de clasificarse para un Mundial desde que existía la federación y el equipo nacional. Con una plantilla plagada de futbolistas nacidos en Gran Bretaña, viajaron al noreste del país para entrenar en condiciones climatológicas similares a las de Nom Pen. En ciudades del norte de Queensland ganaron los dos partidos de preparación que jugaron ante equipos amateur por 17-0 y 21-0. Los aussies estaban con la moral por las nubes, y viajaron a Camboya con unas 2 semanas de antelación para preparar el partido sobre el terreno, aunque con la mente puesta en Inglaterra. Los norcoreanos coincidieron en el césped del recién levantado Estadio Olímpico con los australianos. No conocían prácticamente nada de su rival y la plantilla quedó impactada por la calidad individual y las habilidades que mostraban los australianos en los entrenamientos. Llegó el primero de los dos partidos. 21 de noviembre de 1965. Por orden del monarca camboyano, la población local abarrotó las gradas y se dividió de forma pautada para que desde un lado del estadio se animase a Australia y desde la otra a Corea del Norte. Los australianos apenas aplicaron ritmo competitivo. Consideraron siempre que el partido era un trámite, que no hacía falta preparar tácticas ni técnicas. Los norcoreanos aprovecharon el escaso funcionamiento colectivo y golearon por 6-1. En el segundo partido, los australianos estaban convencidos de que habían tenido un mal día, y que remontarían los 5 goles de diferencia. Se adelantaron 1-0, pero tras el primer cuarto de hora volvieron a relajarse y a pensar que todo iría rodado. La R. D. P. de Corea le dio la vuelta al marcador. 1-3, global de 9-2 y acontecimiento histórico: clasificados para Inglaterra 1966.

En primavera de 1966, y con el trasfondo de la Guerra Fría siempre presente, comenzó a tener trascendencia el problema diplomático que suponía que un país comunista hermético, aislado y escasamente controlado como la R. D. P. de Corea jugare un Mundial de fútbol en un Estado del bloque occidental que no los reconocía oficialmente y que está aliado con el enemigo del sur, la República de Corea. El Ministerio de Exteriores británico afirmaba internamente que era “un dolor de cabeza” que los australianos hubiesen perdido el play-off. Tenían que hacer frente al problema que el lucimiento de banderas y el cántico de himnos y canciones autóctonas de Estados no reconocidos iba a suponer en el mes de julio, y se llegaron a plantear negarles los visados para poder acceder al país. Temían que los surcoreanos reconsiderasen la amistad con Downing Street y que la RDA comenzase desde entonces a lucir su simbología, vetada en cualquier evento en Occidente por el reconocimiento único, exclusivo (y con sentido excluyente) de la RFA. La OTAN recomendó que, al igual que se hacía con eventos en los que la RDA estaba presente, en el Mundial de 1966 se obligase a referirse a la no reconocida R. D. P. de Corea como “Corea del Norte” (algo igual de rápidamente aceptado por los norcoreanos que en el caso de “Alemania del Este”) y que se minimizasen al máximo las exhibiciones públicas de banderas e himnos. El Ministerio de Exteriores británico decidió seguir las recomendaciones para no tener que verse obligados a renunciar a organizar el Mundial por considerar poco menos que “indigno” acoger durante un mes a un Estado comunista especial como la R. D. P. de Corea.

Chollima, el caballo alado, tiene varias estatuas como esta en Piongyang

Chollima, el caballo alado

Para esa época, la R. D. P. de Corea (y especialmente su capital, Piongyang) estaba todavía en fase de reconstrucción tras ser bombardeada y arruinada por la guerra en los 50. “El Gran Líder”, Kim Il-Sung, comunicó al pueblo su proyecto de aceleración de la reconstrucción y de la economía, un “Gran Salto Adelante” a la norcoreana que iba a estar vinculado al icono de Chollima, un caballo alado de la mitología oriental. Kim Il-Sung también asignó la responsabilidad de “glorificar a su patria” a la expedición norcoreana, que sabedora de la situación de sus compatriotas, consideraba como un mínimo el entrenar día, tarde y noche para hacer un buen papel en Inglaterra.

Se conformó un gran bloque de futbolistas compenetrados y con ganas de representar con orgullo a su país. Un grupo que, de cara al Mundial, compondría una canción como muestra de su carácter alegre y vivaracho llamado en inglés “The Chollima Football Team” que les serviría para animarse durante el Mundial.

“Llevamos el honor de nuestra nación en nuestros hombros, somos el glorioso equipo de Chollima, podemos vencer a cualquiera, hasta al más fuerte, mostraremos a los otros quiénes somos, eso es, lucharemos y ganaremos, dejadnos izar nuestra bandera nacional en el cielo para celebrarlo”

Quedaron encuadrados en el Grupo 4 junto a la siempre competitiva Unión Soviética; Chile, tercera en el Mundial que organizaron cuatro años antes; e Italia, un equipo que presumía de organización defensiva. Los tres partidos se iban a celebrar en la sede de Middlesbrough, en el estadio de Ayresome Park. Era el único campo de los que albergaron el octavo campeonato del mundo que no pertenecía a un equipo de la First Division (actual Premier League). De hecho, el Middlesbrough acababa de descender tras una pésima temporada a la Third Division (actual League One). Los aficionados de la ciudad siguieron fieles al equipo a pesar de ser siempre los “underdogs”, los menos favoritos en todos los partidos, que casi siempre acababan en derrota. Los 74 miembros de la delegación norcoreana aterrizó en la ciudad del noreste de Inglaterra tras la despedida con Kim Il-Sung, “el Gran Líder”, que les pidió que ganasen al menos uno o dos partidos ante el dominio de las futbolísticas europeas y sudamericanas como representantes de africanos y asiáticos, gentes de color.

Pronto palparon el ambiente festivo que el Mundial había provocado en la urbe. Lejos de cumplirse la recomendación del Ministerio de Exteriores, la ciudad estaba engalanada con banderas y símbolos de los participantes del Mundial. El Ministerio de Deportes había decidido que el ambiente festivo asociado al Mundial no causaría estragos geopolíticos, y así acabaría siendo. Sin embargo, no se permitió todo. El gobierno británico ordenó que solo sonaran los himnos nacionales en el partido inaugural (Inglaterra-Uruguay) y la Final, partidos celebrados en Wembley (Londres) y en los que, con casi total seguridad, no estaría Corea del Norte.

Las gentes de Middlesbrough no estaban especialmente ilusionadas con el alojamiento de los norcoreanos en las afueras de su ciudad. Concretamente, en un hotel al lado del aeropuerto. A causa del hermetismo del país asiático y como consecuencia del ideario de los dos bloques de la Guerra Fría, eran vistos como recios comunistas enemigos de Gran Bretaña. El alcalde John Boothby se dejó contagiar por el buen ambiente futbolero que reinaba en Inglaterra y para evitar hostilidades y dar buen ejemplo hizo una recepción oficial en el ayuntamiento a la expedición del equipo de Chollima. Tuvo un efecto inesperado que calmó cualquier conato de tensión e hizo despertar una curiosidad y una intriga por conocer futbolísticamente a un equipo del que pocos tenían referencias en Asia y nadie en Occidente. La prensa deportiva que cubría el Mundial iba a los entrenamientos y comprobaba el desarrollo de la preparación de la escuadra de Myung Rye-Hyun.

Era el momento del ansiado debut. En el atardecer del segundo día del Mundial en Middlesbrough el colegiado español Juan Gardeazábal Garay hizo sonar su silbato. Comenzaba el primer choque del Grupo 4: URSS-Corea del Norte. Los asistentes al partido pudieron comprobar cómo los norcoreanos eran jugadores bajos (una media de altura aproximada de 165cm), ágiles y habilidosos, pero también cómo los jugadores soviéticos, auténticos portentos físicos, los ninguneaban. Cometían faltas duras y trataban como inferiores a un rival al que pudieron vencer a base de juego directo y merced a dos goles casi consecutivos mediada la primera parte de un partido muy tosco. 3-0. Un marcador previsible que resultaba en cierta medida engañoso. Los norcoreanos habían pagado la novatada pero, a la vez, ganado una experiencia y, paradójicamente, una confianza indispensables para comprender lo que ocurriría después.

Tres días después jugaron con un poco menos de público ante Chile. Un penalti en el minuto 25 permitió a Rubén Marcos adelantar a La Roja. La R. D. P. de Corea estaba virtualmente eliminada del Mundial. No dejarían ningún tipo de recuerdo. Habrían pasado sin pena ni gloria decepcionando al Gran Líder. No podrían sentir del todo el orgullo que suponía que la bandera de su país estuviese izada en el cielo inglés. En el segundo tiempo, ocurrió algo atípico, algo poco previsible y que tuvo su inicio en aquel gesto cordial del alcalde. Los aficionados de (y del) Middlesbrough, acostumbrados a ver a su equipo sufrir, se alinearon por un principio de simpatía futbolística con Corea del Norte, el equipo menor, el equipo “underdog”, como su Middlesbrough. Esos cánticos, sumados a la propia presión, provocaron un crecimiento futbolístico de la escuadra. A pesar de ser menudos, su agilidad les permitía desarrollar juego que en la actualidad denominamos “combinativo” pero a la vez, vertical y ofensivo, algo entonces novedoso. Gracias a un sentimiento de equipo y a un funcionamiento colectivo adecuado, se impusieron a Chile en la segunda mitad, generando varias ocasiones claras. Fue en el minuto 88 cuando al interior derecho Pak Seung-Zin le llegó el balón en posición de remate clara delante de Juan Olivares. Gol, 1-1 y final. Un punto muy valioso que les permitía mantener el sueño de progresar. El estadio de Ayresome era un clamor.

Era el momento de la verdad. Partido decisivo contra una Italia que sumaba solo los 2 puntos de la victoria ante Chile. La URSS parecía favorita ante la selección sudamericana, a la que se daba por eliminada. Con ello, Italia podía permitirse el lujo de empatar con tal de que la URSS ganase al día siguiente. Sin embargo, las únicas opciones de Corea del Norte pasaban por ganar el partido. En ese encuentro, tres nombres norcoreanos iban a pasar a los anales de la historia. El primero, Yang Seung-Kook, extremo izquierdo con el dorsal 15 a la espalda. Un auténtico cuchillo imparable que ponía centros de calidad. El segundo, Lee Chang-Myung, el portero durante todo el torneo, un arquero algo acomplejado por el tamaño de sus manos que decidió emplear los 10 meses previos al play-off de Camboya en ganar en agilidad. El tercero, Pak Doo-Ik, delantero goleador y futbolista norcoreano más conocido a nivel internacional. Los italianos eran mucho más conocidos y también eran considerados favoritos. Se daba por hecho que los Gianni Rivera, Giacinto Facchetti, Giacomo Bulgarelli y Sandro Mazzola serían cuartofinalistas. Sin embargo, cometieron el error de infravalorar a la R. D. P. de Corea, un error que le costó caro a Australia. El equipo no transmitía la sensación de estar afrontando un partido grande, sino de un mero trámite. Lee Chang-Myung realizó dos grandes paradas en la primera media hora para evitar que los disparos del dorsal 17 Marino Perani se convirtiesen en goles. La Azzurra comenzó a desesperarse. Generaban ocasiones pero no las podían culminar ante una buena defensa, una faceta que no había brillado en Corea del Norte hasta entonces. La grave lesión del capitán Bulgarelli acabó de sacar a Italia del partido. No les quedaban sustituciones, pero a pesar de ello, en un Italia-Corea del Norte el favoritismo europeo debía imponerse hasta en un 10 contra 11. No fue así. En el minuto 41, un gran gol de Pak Doo-Ik puso el 1-0. Italia debía remontar. El público de Middlesbrough estaba viviendo con pasión la victoria del novato desconocido. En la segunda parte los italianos intentaron buscar de la forma más rápida posible el empate que, sobre el papel, les valdría para continuar su camino. Pero la precipitación caracterizó el segundo tiempo. Acciones individuales y situaciones de uno contra uno fáciles de defender, sumado a más grandes paradas de Lee Chang-Myung, especialmente una a tiro de Rivera. Finalizó el encuentro y el vestuario era una fiesta. Se permitió el acceso al mismo y algunos aficionados acompañaron a la expedición norcoreana en sus saltos y cánticos a pesar de no entenderles nada.

La expedición italiana fue recibida en la noche de Génova a tomatazos. Mientras tanto, Corea del Norte seguía en suelo inglés. La URSS ganó por 2-1 a Chile y fue campeona de grupo tras haber vencido en sus tres partidos. Los norcoreanos fueron segundos con 3 puntos, y se cruzaron con una potente Portugal que había ganado todos los partidos del Grupo de la Muerte (Grupo 3) y había dejado fuera a Brasil con un contundente 3-1 en la última jornada. Entre el choque de Italia y el de Cuartos de Final transcurrieron 4 días, utilizados por los de Myung Rye-Hyun para viajar al oeste, a Liverpool, donde sería el partido más importante de su historia. Nunca antes una selección asiática había llegado a los Cuartos de Final de un Mundial. El “equipo de Chollima” había hecho una historia que no esperaba hacer. No habían reservado ningún lugar para hospedarse y preparar el hipotético partido de Cuartos de Final, y la organización decidió asignarles el Loyola Hall, un centro espiritual jesuita y complejo residencial de monjas y sacerdotes católicos de las afueras Liverpool que había sido reservado por los italianos y que, por el desarrollo de los acontecimientos, iba  a quedarse a disposición de quien lo quisiera alquilar. Nunca antes sus inquilinos pensaron que compartirían instalaciones con un equipo de fútbol de un Estado comunista. El choque cultural fue excesivamente impactante. Habitaciones separadas en lugar de dormitorios comunitarios. Simbología católica por todas partes, algo nunca antes visto por los norcoreanos que les acabó pasando factura.

“En la mesa había objetos extraños. Había pinturas y cosas extrañas. Mirarlas y fijarme en ellas me incomodaba. Insistiendo mucho, me dejaron compartir habitación con Han Bong-Zin. […] Una noche miré afuera y pude ver una capilla. Dentro había una estatua de Jesús con esos terroríficos clavos en las manos. En mitad de la noche esa capilla estaba iluminada. Era la primera vez que veía esas cosas. Me impactó y me asustó tanto que no pude dormir bien”

Pak Doo-Ik en el documental de BBC sobre la R. D. P. de Corea de 1966 The Game of Their Lives

A pesar de la incómoda situación en Liverpool, el tiempo pasó rápido. Llegó la ansiada tarde de jueves del 23 de julio. Partido de Cuartos de Final ante la Portugal de Eusébio, el delantero de origen mozambiqueño considerado en el momento el mejor futbolista del mundo junto al brasileño Pelé. Con apenas unos segundos de partido transcurridos, una acción individual con regates incluidos de Han Bong-Zin acabó con una asistencia a Pak Seung-Zin, que puso el 0-1. Con ese marcador, el considerado como “un dios espiritual” en su país, Lee Chang-Myung, volvió a protagonizar paradas de mérito a los disparos de los atacantes portugueses. Superaron el asedio, y a los 22 minutos, Lee Dong-Woon remató con éxito un centro lateral de un Yang Seung-Kook que se quedó en el once tras su exhibición ante Italia. Tres minutos después era él el que marcaba el 0-3 a un José Pereira que lucía el dorsal 3 pese a su demarcación de portero. La noticia se expandió por los otros campos donde se estaban jugando de forma simultánea los otros partidos de esa ronda. Los cánticos de los 3 000 aficionados “norcoreanos” de Middlesbrough que se habían desplazado a Goodison Park ambientaban una tarde histórica. El sueño duró hasta que apareció Eusébio en su máxima expresión. Se echó al equipo portugués a la espalda y tras una gran jugada puso el 1-3. Llevó corriendo el balón al círculo central cuando tan solo se habían jugado 27 minutos. El ímpetu de Eusébio puso por primera vez nerviosa a Corea del Norte, que comenzó a cometer fallos defensivos impropios a tenor del Mundial que venían haciendo. Pérdidas, pases errados y faltas de dudosa necesidad. El grado de descontrol e incapacidad de la gestión de la ventaja fue tal que se cometieron dos penaltis impropios de una selección mundialista que supusieron el 2-3 y el 4-3 con las transformaciones acertadas de un Eusébio que marcó también de jugada entre medias. Casi al final del partido, Portugal estaba volcada sobre la portería de Lee Chang-Myung a pesar de ir ganando. Eusébio había hecho responder a su equipo en sentido colectivo. José Augusto certificó la remontada poniendo el 5-3 en el minuto 80. Se había acabado la hazaña del equipo de Chollima.

La expedición fue despedida de Inglaterra y recibida inesperadamente en Piongyang con aplausos. Ya en la capital pidieron disculpas a la población y al Gran Líder por no poder haber hecho mejor papel. Se sabe poco de ese Chollima Team en lo referido a las actividades posteriores a 1967 de sus miembros, aunque aparentemente continuaron siendo futbolistas en su país. Algunos como Lee Chang-Myung continuaron ligados al balompié tras retirarse. Él fue entrenador a comienzos de este siglo del club más hegemónico de la R. D. P. de Corea, el 4.25 (nombre que hace honor a la fecha de creación del Ejército de la República Popular, quien controla el club). Esa generación hizo historia y ninguna pudo superarla a nivel continental en el tramo restante del siglo XX. Sí en el XXI, puesto que en 2002 la República de Corea fue cuarta en el Mundial que coorganizó con Japón. La República Democrática Popular de Corea repitió experiencia mundialista en Sudáfrica 2010 con un grupo de jugadores liderados por Jong Tae-Se pero no pudieron superar la Fase de Grupos e incluso sufrieron un 7-0 del rival que acabó con el sueño del primer equipo de Chollima como tal considerado, Portugal, en un partido que fue considerado por los norcoreanos como una revancha. Ya no era la Portugal de Eusébio, sino la de Cristiano Ronaldo. Nombres del presente que contrastan de forma epatante con los casi anónimos protagonistas de la añeja selección del 66 y los miembros de sus rivales.

Otras fuentes: documental The Game of Their Lives de Daniel Gordon (BBC).

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